Ya sabía de la existencia del cielo y del infierno, y del terrible demonio con quien mis hermanos disfrutaban asustándome. Una vez lo vi entre llamas en un dibujo del catecismo. Para mis temores, ya lo sabía, aunque procuraba olvidarme de ello porque terminaba siendo una mala pesadilla pensar que tenía que morirme, peor aún, que podía morir en pecado mortal.Sin embargo no había llegado el día de conocer una de las realidades terrenales que de niño más me marcaron. Tal revelación resultó más difícil de digerir que la sopa del cocido que hacía mi madre que, entonces, tan poco me gustaba.
Yo creía saber más cosas de las que ignoraba: estaba seguro de saber la diferencia entre las personas y los animales porque unas hablaban y otros no. Creía saber lo distintos que éramos los niños de los viejos porque los primeros llorábamos y los otros no. Creía, también, conocer la dualidad entre ricos y pobres porque estos últimos pedían limosna y los otros la daban; en fin, creía incluso que había nacido hacía mucho mucho tiempo aunque podía contar los años que tenía con los dedos de una mano.
Como si fuese ayer, recuerdo que un día dieron unos golpes a la puerta de la calle y salí detrás de mi madre para ver quién llamaba. Yo me quedé mirando el aspecto tan extraño de un hombre feo y desaliñado mientras mi madre volvía por el monedero. Cuando regresó, ella le dijo: “Me gustaría remediarle algo más, pero nosotros también somos pobres”. Posteriormente el señor se despedía: “...que Dios se lo pague”. Acto seguido, cuando "el pobre" se había marchado interpelé a mi madre al no entender por qué le había dicho aquello, si nosotros éramos ricos… La respuesta no se hizo esperar: ¿Quién te ha dicho a ti eso?, nosotros somos pobres y tu padre tiene que trabajar mucho para dar de comer a tanta boca. Ella debió de ver la desilusión de mi cara por lo que trató de animarme compasivamente: Sí hijo, "somos pobres pero honrados”.
Aunque aquello de ser honrados no me consolaba demasiado, yo seguía creciendo con más rapidez que lo hacían mis pantalones (los que anteriormente habían sido de mi hermano Santiago) mientras me acostumbraba a llevar dócilmente el estigma de pertenecer a una familia humilde.
Así, con el tiempo, no había necesidad de que nadie te recordara que no tenías que generar gastos extraordinarios porque, en tales penurias económicas, no era posible hacer ningún desembolso. Por eso, cuando llegaba el día de los Reyes era bobada esperar regalo alguno sabiendo que, a lo sumo, se iban a estirar con un par de calcetines o un verdugo que ya había visto hacer a mi madre con lana y agujas de punto.
Pero eso no era lo peor. Lo molesto era ver cómo los demás estrenaban ropa de domingo; observar los estuches con todo tipo de material escolar; saber que los Reyes habían sido más generosos con ellos porque para eso se habían portado bien.
Roberto era el que más juguetes tenía de mi escuela. Su padre era el director del Banco de la plaza. Aún así, en su codicia, un día me quitó toda la colección de cartones (ilustraciones de cajas de cerillas) que me había llevado tanto tiempo conseguir, mi pequeño tesoro. A cambio, aprendí una nueva lección, la de no ser un “acusica”, porque cuando denuncié el hecho frente a Doña Tere, la maestra, me castigaron a mí porque creyeron en la palabra de Roberto y no en la mía. Me quedé sin mi preciada colección de cartones y, además, me tacharon de envidioso diciéndome que la envidia era el mayor pecado capital de los siete capitales.
A pesar de todo, conservo con cariño mis recuerdos más remotos y la bendita inocencia de mi primera infancia que me preservó durante un tiempo del significado y del peso de palabras como clasismo, desigualdad e injusticia. Sin embargo, hoy en día, a pesar de los años (éstos mismos que mi madre dice que tanto han cambiado) me enorgullezco por tratar de seguir siendo honrado.
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